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| Breve Reseña Histórica de Morelia. Versión 2003. Este
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| RESEÑA HISTORICA DE LA CIUDAD DE MORELIA LAS CUATRO EDADES DE MORELIA Morelia, Capital del estado occidental de Michoacán, se ubica en las coordenadas 19’ 42’ de latitud, 101’ 11’ de longitud y 1 920 m. de altitud, asentada sobre la colina de suaves pendientes conocida como Guayangareo, que significa loma chata y alargada. La historia de Morelia se divide, igual que la de México, en cuatro etapas fundamentales. I.- Época prehispánica. II.- Época colonial (desde la conquista española hasta el comienzo de la insurgencia). III.- Siglo XIX (comprende la preinsurgencia, la insurgencia, la independencia, la guerra de reforma, el triunfo de la república sobre los invasores franceses y el porfiriato). IV.- Siglo XX ó época contemporánea. I.- Época prehispánica.- Sin conocerse a ciencia cierta la fecha de su llegada, los indígenas pirindas o matlalzincas se establecieron en la parte nor-oriente del estado de Michoacán, desde los actuales territorios municipales de Indaparapeo hasta Tarímbaro, incluyendo por supuesto la loma de Guayangareo, llamada también Patzinyegui, vocablos ambos que significan loma chata y alargada. Los principales poblados matlalzincas en el valle se ubicaban en la falda de la loma de Santa María, al sur de la ciudad, y a todo lo largo de la parte norte de dicha loma. El nombre Pirinda o Matlalzinca se traduce como ‘los de en medio’, ya que esta tribu (cuyas raíces se remontan a las cercanías de Toluca) estaba geográficamente ubicada entre el imperio p’urépecha y el imperio azteca. Una parte de los matlalzincas luchó del lado de los aztecas y otro del lado p’urépecha, resultando vencedores los últimos, gracias en parte a la ayuda de los pirindas. Se tiene noticias de que en la misma falda de la loma de Santa María existieron vestigios de comunidades teotihuacanas. En la falda del cerro Quinceo, volcán ubicado al nor-poniente del valle se ubicaron los restos de una comunidad prehispánica, misma que fue arrasada por un torrente de lava del mismo volcán. A la llegada de los españoles al valle, no tomaron en cuenta el pequeño poblado matlalzinca hacia el sur del mismo debido a lo pequeño que era, sin embargo, según la tradición, en este valle fue el encuentro entre Zinzincha Tanganxoán II y Cristóbal de Olid, aunque difieren las fuentes acerca de los presentes y sus acciones en dicha junta. II.- Época colonial (desde la conquista española hasta el comienzo de la insurgencia).- Al repartirse las encomiendas entre los conquistadores españoles, según sus propias palabras, Gonzalo Gómez afirmaba haber recibido el valle de Guayangareo de parte de Hernán Cortés. Sin embargo, Cristóbal de Valderrama también reclamaba la posesión de Guayangareo, y acusó a Gonzalo Gómez ante la inquisición, siendo éste último procesado hacia 1536. Su casa se construyó en la esquina actual de Guillermo Prieto y la Av. Francisco I. Madero Poniente, misma que fue la primera vivienda española en todo el valle. El primer templo que se construyó en el valle fue obra de los hermanos franciscanos, encabezados por Fray Juan de San Miguel y Fray Antonio de Lisboa, hacia el año de 1530, erigiendo una sencilla capilla dedicada al Santo de Asís, posteriormente construyeron el Colegio de San Miguel, uno de los primeros en América. Como consecuencia de los desmanes de los conquistadores, las audiencias llegan a la Nueva España, y con ella un hombre que cambiaría el panorama de Michoacán, el Lic. Don Vasco de Quiroga. Él ha sido enviado a conocer la situación en que viven los P’urhépechas, con el fin de protegerlos y ayudarlos. En cédula real de 1534 se dispone que se junte a los rebeldes y dispersos en un centro que se llamaría Ciudad de Michoacán, donde deberá residir el obispo y levantarse la catedral de dicho obispado. El 6 de agosto de 1536, por bula del pontífice Paulo III, se erige la sede episcopal de Michoacán; habiendo rechazado la mitra fray Luis de Fuensalida, es propuesto para ella el oidor licenciado Vasco de Quiroga. El 22 de septiembre de 1538 toma posesión de su diócesis y es consagrado con posterioridad en la ciudad de México por manos de fray Juan de Zumárraga. La Reina Juana de España, dispone por real cédula del 27 de octubre de 1537, expedida en Valladolid, que el virrey Antonio de Mendoza funde una villa con ese mismo nombre y que sea poblada con 60 familias españolas y nueve religiosos. Vasco de Quiroga fija la sede episcopal en Tzintzuntzan, considerada entonces ciudad de Michoacán. Con la oposición de los indios, pero más con la de los españoles residentes, en 1540 cambia de sede la diócesis a Pátzcuaro, argumentando, entre otras razones, el mejor templo que tiene esta ciudad. Pronto Pátzcuaro se convierte en capital y mengua la importancia de Tzintzuntzan. Las cosas se complican cuando los encomenderos le solicitan al Virrey la fundación de una villa para españoles, ya que desean distanciarse de Pátzcuaro. Es así como el virrey gestiona ante la corte española la autorización para fundar dicha ciudad, y al ser concedida, ordena que se haga el miércoles 18 de mayo de 1541, con la asistencia del escribano público de cabildo Alonso de Toledo; se procede a tomar posesión en el valle de Guayangareo para asentarse ahí y poblar la ciudad de ‘Mechoacan’, según se lee en el acta de fundación. El sitio elegido para la fundación fue cerca del actual templo de San Francisco (probablemente donde hoy se encuentra la plaza Valladolid), ya que en este punto existía el primitivo convento y templos franciscanos, lugar donde comenzaron sus labores los tres comisionados por el Virrey: Don Juan de Alvarado, Don Juan de Villaseñor y Don Luis de León Romano. El rey Carlos V le concede el título de ‘Ciudad de Valladolid’ en cédula real del 6 de febrero de 1545. Más tarde le es otorgado el escudo de armas (1553), formado por tres campos donde aparecen las figuras de tres reyes coronados (éste es actualmente el escudo de Morelia, los reyes son: Carlos V, su hermano Maximiliano y su hijo Felipe II). De tal manera se fundó la ciudad de Valladolid, hoy Morelia, y habría de ser notoria por su lento crecimiento y posteriormente por su bella piedra riolita de tono rosado, comúnmente llamada cantera. Debido a que hacia la parte norte de la loma se encuentran unos vastos yacimientos de cantera, de este material se erigieron la mayoría de los edificios de la naciente ciudad de Valladolid, aunque las primeras edificaciones se realizaron con materiales endebles, detalle que habría de influir en la historia de su hermosa iglesia catedral. Los españoles habían logrado que se fundara una tercera capital de la provincia de Michoacán, ocasionando tremendo embrollo, ya que dos ciudades ya ostentaban dicho título (Tzintzuntzan primero y luego Pátzcuaro) El agua llegaba a la ciudad por un primitivo sistema que identifican como caño de agua, es decir, un canal practicado en el suelo aprovechando las sinuosidades del terreno, aunque por falta de material cartográfico se ignora a ciencia cierta el cauce original de este primer acueducto. Fue hasta el año de 1580, 15 años después de la muerte de Don Vasco de Quiroga, que se trasladó la sede catedralicia desde Pátzcuaro a Valladolid, y al año siguiente le siguió el Colegio de San Nicolás Obispo, que se uniría en un solo edificio con el de San Miguel, en la actual Preparatoria No. 1 de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Este Colegio tendría una importancia vital en el desarrollo de la ciudad e incluso en la historia del país. Para entonces, ya existía otro templo en terrenos de la ciudad, el de los hermanos agustinos, segunda orden religiosa en llegar a Michoacán, habiendo sido fundado su convento en el año de 1550, siendo su impulsor principal Fray Alonso de la Veracruz. Los primeros jesuitas que llegaron a Valladolid, el padre Sánchez Baquero y el hermano Gutiérrez, acomodaron la iglesia en una caballeriza, esto en el año de 1580, aunque dos años después ya contaban con una modesta construcción para llevar a cabo sus servicios. Sería hasta el siglo XVII cuando se construiría el magnífico conjunto de Colegio y Templo de la Compañía de Jesús. A propósito de la Catedral, el obispo en 1580 fray Juan de Medina y Rincón decretó su traslado un 9 de noviembre, se instaló en la plaza principal y se comenzó a erigir en poco tiempo. La catedral original de Valladolid era de adobe y madera, posiblemente no de muy buen acabado, misma que sufrió de severos daños en un incendio que asoló dicho edificio en el año de 1584 ó 1585, según las fuentes. La ubicación de ésta que fue la primera catedral de Morelia es motivo de controversia, siendo comúnmente aceptada la teoría de que se ubicaba en lo que ahora es la plaza Juárez y la que fue la calle que divide hoy dicha plaza de la Plaza de los Mártires. Finalizando el siglo XVI se establecieron los hermanos carmelitas descalzos hacia el norte de la loma, y para el año de 1593 ya habían comenzado su templo, que entró en funciones hacia 1596. Su primer padre prior, Fray Pedro de San Hilarión inició dichos edificios. Las monjas dominicas de Santa Catalina de Sena se instalaron en un convento muy humilde, que posteriormente arreglarían, sin embargo, por varios defectos, posteriormente abandonaron, de tal forma que ese convento llegaría a ser el Colegio de Santa Rosa. Por último, también a finales del siglo XVI llegó la orden de Nuestra Señora de la Merced a establecerse en Valladolid, pero al igual que los primitivos primeros templos de cada orden, su construcción se llevó a cabo con materiales tan frágiles que se vieron en la necesidad de una reconstrucción apenas comenzado el siglo XVII. Con solo cinco por dos calles de extensión en el ocaso del siglo XVI, Valladolid se vería como un espejo de la realidad nacional, con sus altos y bajos. II.- Época colonial (Siglos XVII).- En el siglo XVII Valladolid creció lentamente en población y extensión, se reconstruyeron los templos y conventos de San Francisco, San Agustín y La Merced. Para el año de 1619 en el Colegio de San Nicolás Obispo se daba atención a 20 estudiantes. La ciudad está rodeada de varios pueblos de indígenas, mismos que nutren a la ciudad con mano de obra y materias primas, algunos de estos pueblos llegaron a convertirse en célebres barrios de la ciudad, tales como San Juan de los Mexicanos (llamado así por su población mexica), San Pedro y La Concepción, ubicados al sur-oriente de la ciudad, donde abundaban las huertas; Santa Catalina hacia el sur, Santa María de los Urdiales, Santa Anita y San Miguel Chicácuaro al poniente, entre otros. Muchos de estos pueblos llegaron a contar con infraestructura vital para el desarrollo de sus habitantes, tales como templos, cementerios, hospitales, todo ello de factura rústica, razón por la cual no ha llegado hasta nuestros días. Sin embargo, la ciudad ya mostraba también un desarrollo en lo que se refiere a las construcciones de carácter no religioso, y los palacetes comenzaron a surgir, contratándose indígenas de los poblados cercanos a manera de canteros, carpinteros y alarifes improvisados, mediante el llamado sistema de repartimiento. Se les contrataba por un determinado tiempo, con la promesa de pago al término del plazo, pero como estos contratos no eran bipartitos ni voluntarios, raras veces la paga era tal como se había estipulado. Las casas resultantes del empleo de indígenas neófitos en la materia dio como resultado obras un tanto modestas en un principio, con materiales de cierta fragilidad, pero que resultaron ser verdaderos pilares del postrero estilo arquitectónico vallisoletano. Este anónimo ejército de indígenas dotó a la ciudad de edificios de carácter público (como las casas consistoriales), casas particulares, caminos, acueductos, plazas, calles, iglesias y monasterios. La sociedad vallisoletana surtía sus necesidades en la plaza principal, que comenzó a ser llamada de armas al instalarse frente a ella las casas consistoriales, hoy plaza de los mártires. En esta plaza se reunían los mercaderes de los poblados cercanos, para expender sus mercancías. Era el famoso tianguis de Valladolid, que posteriormente se retiraría hacia la otra plaza del centro, la plaza de obras de catedral, llamada así porque allí se almacenaban los materiales con que se erigió la máxima iglesia de Michoacán. Esta plaza sería llamada después Plaza de San Juan de Dios, durante el porfiriato Plaza de la Paz, hoy Plaza Ocampo. Debido al incendio que había casi destruido la primitiva catedral, se intentaba por todos los medios el conseguir el patronazgo real para construir una nueva de mejor fabrica. En el año de 1654, el canónigo Juan Magaña Pacheco se quejo ante el rey del estado ruinoso de la misma: “se halla desmantelada al grado que a sido preciso apuntalarla. Es de adobe, sus paredes están hendidas y sus maderas podridas por las aguas. Las vidas de los obispos y de los prebendados corren no poco peligro”. El arquitecto Barroso de la Escayola mencionaba en 1683 que “El viejo edificio esta desplomándose y a pesar de haberse apuntalado los techos, amenazaban con hundirse”. Esta primitiva catedral tenía una extensión de 180 pies, y seria sustituida por la magnifica construcción que hoy podemos observar, cuya edificación se inicio el 2 de agosto de 1660 , por el Arq. Vicente Barroso de la Escayola. La primera piedra la colocó el Obispo Fray Marcos Ramírez de Prado. Todavía a principios del siglo XVIII coexistieron los cimientos y paredes de la nueva catedral con las ruinas y restos de la antigua, que se ubicaba tentativamente al poniente de la actual catedral, los escombros de la primitiva catedral se había retirado ya en su mayoría hacia el año de 1704, en 1705 se dedico por primera vez la nueva catedral, a pesar de que aun no estaban concluidas las torres, ya estaba terminado y decorado su interior en gran parte, y en esa misma fecha se colocó una campana provisional de nombre “El salvador”. Los trabajos de construcción se retomaron en 1742 concluyéndose en 1745, con solemnes fiestas públicas que comenzaron el 9 de mayo de aquel año. Después de 85 años y tres arquitectos se había concluido el monumento religioso más grande de esta ciudad. La ciudad ya contaba desde el siglo XVI con un hospital, mismo que existió hasta el año de 1660 frente a la antigua Plaza de Armas, fecha en que se traslado a la casa del canónigo Juan Cano de Sandoval, ubicándose definitivamente en la casa del obispo Don Juan de Ortega y Montañez, que regalo su lujosa mansión para tal efecto en el año de 1704. Esta casa actualmente se conoce como el hotel Juaninos. Nació también en el siglo XVII la capilla de la Santa Cruz hacia el año de 1670. El 2 de diciembre de 1660 se comenzó la construcción del conjunto arquitectónico más notable del poniente de la ciudad: El colegio y templo de la Compañía de Jesús. El arquitecto Tomas de la Huerta fue el encargado de darle forma definitiva al colegio de San Francisco Xavier, que debido a la lentitud con que avanzaron los trabajos de edificación no pudo ser estrenado por sus dueños debido a la expulsión de lo Jesuitas en el año de 1767. El padre Francisco Xavier Clavijero, Precurso del nacionalismo e Independencia Nacionales menciona acerca de este conjunto que su planta arquitectónica era “Muy hermosa”, y también que iba a ser estrenada “Al tiempo que nos arrestaron”. Este conjunto vendría a jugar un papel muy importante en la vida del estado, como se vera en su momento. II.- Época colonial siglo XVIII. A principios del siglo XVIII ya se notaba un crecimiento en el área que ocupaba la ciudad, que comenzaba a adoptar ya una forma extendiendo la traza original que de sus calles hizo el alarife Juan Ponce en el siglo XVI. En este mismo siglo XVIII se construyeron muchos otros edificios notables tanto del orden civil como religioso. En el año de 1671 el rey Carlos II ordeno la erección del Seminario Tridentino, sin embargo su primera piedra se colocó hasta el 23 de enero de 1760, y se inauguró el 29 de septiembre de 1770 por el obispo Pedro Antonio Sánchez de Tagle, autor a su vez de las Constituciones para el buen gobierno del Seminario Tridentino de San Pedro de la antigua Valladolid. Uno de los más grandes acontecimientos en el siglo XVIII de la antigua Valladolid aconteció el 3 de mayo 1738, fecha en que culminó el traslado de las mojas dominicas de Santa Catalina de Sena, cuyo templo original se había construido en el año 1595, pero que debido a las constantes reparaciones de que era objeto, desde el año de 1635 el obispo Fray Marcos Ramírez de Prado había comenzado a aportar capital para una nueva iglesia y convento, este se concluyó en el año de 1645 y se ubicaba exactamente en el mismo lugar que el anterior ( hoy templo de Santa Rosa de Lima). Para el año de 1722 estaba de tal manera arruinado este templo y monasterio que se inicio la construcción de un nuevo conjunto en la parte oriente de la ciudad. Fue de tal manera fastuosa la ceremonia de traslación de estas mojas a su nuevo templo en la fecha ya señalada, que inspiró una de las obras pictóricas más importantes del siglo XVIII llamada “Traslado de las monjas Catalinas a su nuevo convento”. Este cuadro tiene más de 5 metros cuadrados de área y es un reflejo fiel de las vestimentas y tradiciones de la época. Actualmente se conserva en el Museo Regional Michoacano. Siguiendo por el rumbo del oriente, ya estando fuera de los límites de la ciudad de aquel entonces, llegamos al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe de San Diego de San Francisco, que se comenzó a erigir en el año de 1708 y se concluyo en 1716. En 1729 se comenzó la construcción de una casa de ejercicios espirituales anexa al lado norte del templo, misma que concluyo en mayo de 1737, actualmente el edificio anexo del templo y la capilla de San Antonio. Daba servicio esta casa de ejercicios a varios canónigos, durante un tiempo aquí se preparaban los obispos antes de tomar posesión de su cargo. Posteriormente, se edificaría hacia el lado sur del templo un convento de Franciscanos de la regla de San Diego, merced a la donación de 21,000 pesos por parte de Don Pedro Carriero. El Obispo Martín de Elizacoechea cedió una casa contigua a la iglesia para la creación del Convento de Dieguinos y el 29 de diciembre de 1748 se decretó la donación a los dieguinos de la Iglesia del Santuario de Guadalupe para fabricar un convento. En 1761 inicia la edificación del Convento, culminándose en 1769. Posteriormente, en este convento habrían de darse hechos trascendentes durante el siglo XIX para la transformación de la ciudad, además de que el templo sufriría de una asombrosa transformación en el siglo XX, que se reseña en su debida amplitud más adelante. Como se recordará, la población indígena que habitaba cerca del valle de Guayangareo fue aglutinada cerca del templo de San Francisco, al fundarse la ciudad los indígenas fueron retirados a las orillas del valle, especialmente al lado sur. Este asentamiento se conoció como La Aldea, barrio de indígenas. En 1724 los caciques de Pátzcuaro Mateo y Antonio de la Cerda ordenaron la construcción de una capilla dedicada a la Virgen de Cosamaloapan. En 1731 un benefactor anónimo dono 8,000 pesos para la fundación de Capuchinas en Valladolid, concediéndose el permiso respectivo el 14 de marzo de 1734. En 1737 se donó la capilla de Cosamaloapan para que a un costado de la misma se construyera el convento de Capuchinas tomando posesión de la misma el 24 de marzo de 1737 varias religiosas venidas de la capital del virreinato y siete indígenas que ese día tomaron el ábito. Después del traslado de las mojas Catarinas a su nuevo convento, su anterior edificio se destino a colegio de niñas, ya que el que para este propósito se estaba construyendo a un lado del templo de la Cruz, se dedicó a casa correccional. En 1744 el obispo Pedro Matos Coronado compró dicho conjunto a las mojas Catarinas en 4,000 pesos, les asignó rentas para su sostenimiento y redactó los reglamentos del dicho colegio. Este colegio estaba dedicado a Santa Rosa de Lima, cuyo templo era una reedificación del de Santa Catarina, dedicándose en el año de 1757. El plantel se dedico no solamente a la enseñanza de los quehaceres de las mujeres, sino de la ejecución de instrumentos y composición musicales, estando esta sección atendida por los maestros de la Schola de la catedral. Este colegio es el antecedente directo del conservatorio musical de las Rosas. Otros edificios religiosos surgieron a lo largo del siglo XVIII en Valladolid: En 1729 se construyó la capilla del poblado de Santa María de los Urdiales, en 1760 se empezó a construir el templo de San José, hacia el lado sur oriente de la ciudad se culminó la capilla dedicada a San Pedro Apóstol, en poblado indígena del mismo nombre, hoy bosque Cuauhtémoc. En el mismo siglo XVIII se crearon algunas instituciones públicas no religiosas, como la Factoría de Tabacos en 1781, cuyo edificio actualmente funge como palacio municipal; la alhóndiga ó pócito del maíz, terminada el 2 de mayo de 1774 (a espaldas del hoy palacio de justicia); pero sobre todo se comenzó la fábrica del imponente acueducto. El acueducto en la forma que hoy conocemos, se comenzó a construir en el año de 1731, este servicio merece una mención aparte debido a su complicada historia. El acueducto original era llamado caño de agua debido a que era un canal a cielo abierto, que conducía el agua desde unos manantiales en la hacienda del Rincón (al sur y oriente del bosque Cuauhtémoc), esto ocasionaba muchos inconvenientes, así que se procuró el sustituir en sus partes más difíciles con una canaleta de madera (con balsas unidas en sus extremos, según algunos autores). El acueducto construido a principios del siglo XVIII adoleció de varias fallas desde su terminación, y es aquí cuando la tragedia hace surgir lo mejor de los hombres de estas tierras, ya que el obispo Fray Antonio de San Miguel, al contemplar que el hambre se abatía sobre la provincia de Michoacán, (debido a una terrible sequía que ocasionó que el lapso de tiempo desde 1784-1785 se conociera como ‘el año de hambre’) y que la ciudad se llenaba con personas de humilde origen, decidió abatir la ola de mendicidad que le seguiría al mismo tiempo que arreglaría la decadente fábrica del acueducto. De feliz memoria es el nombre de este obispo, ya que en ese difícil tiempo aportó recursos de su propia fortuna para adquirir la hacienda del Rincón, posteriormente él la vendió a la ciudad en una fracción de su valor para que nunca les condicionaran el agua proveniente de los manantiales de Carindapaz, El Moral y San Miguel del Monte. Después, apoyó la terminación de la obra con el dinero necesario para garantizar el abasto de cantera para sustituir el material original (losas, ladrillo y piedra común), con lo cual se dotó a la ciudad de un servicio vital en buen estado al mismo tiempo que se construyó un verdadero monumento de cantera rosada. El acueducto original tenía una longitud de cerca de 9 kilómetros de largo y 253 arcos, la parte del acueducto que va montada sobre los arcos es la que ha llegado hasta nuestros días, y tiene una longitud aproximada de 1,672 metros. Ya cerca de finales del Siglo XVIII, la ciudad cambió merced a la renovación de varias de las casas pertenecientes a las familias acomodadas del lugar, además de que se dieron varios hechos vitales para la historia del país: el 30 de septiembre de 1765 nace Joseph Teclo María Morelos y Pavón, el hijo predilecto de esta tierra, en la casa ubicada a espaldas del convento de San Agustín, hoy Museo Casa Natal de Morelos; el 27 de septiembre de 1783 nace el polémico Agustín Damián Cosme de Iturbide Aramburu, consumador de la independencia y primer emperador de México. Como parte del equipamiento urbano, se construyeron de cantera las garitas o aduanas internas del oriente (Calzada a México), la del sur (Calzada Santa Catarina) y la del poniente (Calzada de Chicácuaro). Como podemos observar, a finales del siglo XVIII la ciudad ya contaba con muchos servicios de tipo civil y religioso, había crecido en población, de menos de 200 familias a principios del siglo XVII a cerca de 4,000-5,000 familias en el año de 1750, entre 12,000 y 15,000 almas. En el año de 1794 se ordenó la confección de un plano que tiene por nombre “Plan o Mapa de la nobilísima ciudad de Valladolid”, que nos muestra la ciudad en su extensión a finales del siglo XVIII: ya se encuentra dividida en cuatro cuarteles mayores y dos menores (San Juan de los Mexicanos y el de Guadalupe). En total, la ciudad contaba con cerca de 18 calles en el sentido norte-sur y 12 en el sentido oriente-poniente, y alrededor de 150 manzanas. Por primera vez en la historia de Valladolid, se colocan nombres en las calles, siendo estos nombres de esquina a esquina, es decir de una cuadra de longitud cada una. Ya se sentían en el aire los cambios que habrían de convulsionar el país y darle forma a la nación que apenas se asomaba en el horizonte. III.- Siglo XIX.- La antigua Valladolid vivía una tensa calma, igual que el resto de la Nueva España, ya que los cambios en Europa y la independencia de las colonias inglesas ya tenían eco en la percepción del estilo de vida virreynal. Previamente al estallamiento de revueltas independentistas, la provincia de Michoacán recibió a un ilustre visitante: el barón Alexander Von Humboldt, quién desembarcó en Acapulco el 23 de marzo de 1803 con dos toneladas de equipo científico, arribó a Valladolid el 19 de septiembre de dicho año, alojándose en el edificio del Obispado, al costado sur-poniente del templo del Carmen. El ilustre varón se llevó una muy buena impresión de la ciudad, sin embargo los estudios que llevó a cabo sobre la flora y fauna de la provincia resultarían fundamentales para posteriores trabajos en ese sentido. El 15 de septiembre de 1808 hubo el desconocimiento de los poderes civiles, poniendo preso al virrey José de Iturrigaray y a gran parte de los altos funcionarios de la ciudad de México, esta rebelión estuvo liderada por Gabriel de Yermo y Pedro Garibay, estando ellos respaldados por el alto clero y los altos mandos militares. Estas noticias llegaron a Valladolid hasta el 17 de septiembre del mismo año, y la sociedad vallisoletana se vio de repente dividida: Los que apoyaban la retensión del virrey y los que se oponían a ella por verla como un acto de codicia de los peninsulares. Ambos bandos se comenzaron a organizar, siendo los pro-independentistas los que se tenían que cuidar, ya que estaban en la mira de los europeos. El 21 de diciembre de 1809, en la casa ubicada en el número 1 de la antigua calle del Diezmo (la esquina de las actuales calles de Morelos Norte y Madero Oriente) se reunieron varios clérigos y militares, para ponerse de acuerdo sobre la forma en que debían de apoyar el naciente movimiento que debía de buscar la restitución del virrey y la preservación del reino para Felipe VII, pero habiendo sido denunciados prontamente por un sacerdote anónimo (se rumora que en realidad fue Agustín de Iturbide). Se detuvo al Capitán José M. García Obeso, Fray Vicente Santa María, los hermanos Nicolás y Mariano Michelena, el Capitán Abarca, mismos que fueron recluidos en el convento del Carmen. Se llevó a cabo un juicio en el que declararon 30 testigos, uno de ellos fue el teniente Dn. Agustín de Iturbide, quién se limitó a decir que había visto reunidos a los conjurados en la casa de García Obeso, y que el cura de Maravatío Don José Antonio Uraga no quiso acompañar a los allí reunidos. El virrey Arzobispo Lizana y Beaumont fue benévolo con los conspiradores, ya que no se condenó a nadie a la pena máxima, la mayoría fueron forzados a circunscribirse al perímetro de la ciudad, pero al padre Santa María se le recluyó en el convento de San Diego en México; los que ostentaban cargos militares fueron removidos de sus adscripciones y asignados a otras. El levantamiento del cura de Dolores se conoció en Valladolid hasta el 20 de septiembre de 1810, cuyo Intendente se encontraba fuera de la ciudad. Se convocó a los munícipes y habiéndoles expuesto la situación, decidieron que saliera al encuentro de los insurgentes (hacia Querétaro o Celaya) hasta dos tercios de las fuerzas que defendían la ciudad. Sin embargo, había la duda acerca de la fidelidad de las tropas, ya que se sabía de la popularidad del cura Hidalgo entre los oficiales. Al estar preparando las tropas para partir, les llegaron noticias sobre la toma de Celaya, por lo que la milicia se estacionó en la ciudad para tomar parte de su defensa. En la ciudad se corrió un ambiente sombrío, puesto que se comenzó a preparar la resistencia en contra de los insurgentes, se ordenó la fundición de cañones, el aprovisionamiento de pólvora, la fabricación de armas para la lucha cuerpo a cuerpo (como lanzas y punzo-cortantes) y se interrumpió el tránsito al romperse los puentes de las garitas. Cuando llegaron a principio de octubre las noticias de que Guanajuato había sido tomado, la población vallisoletana se desbordó en las calles, mostrando auténtico júbilo por el triunfo. Hubo otras reuniones de los jefes civiles y militares, más los religiosos de la ciudad, y dejaron en claro que no se contaba con el pueblo para efectos de resistir un ataque. Al enterarse que el Intendente Merino había sido capturado (razón de que no llegara a Valladolid), un sentimiento de desmoralización se extendió entre los peninsulares, que comenzaron desde entonces a abandonar la ciudad. En vista de que las posibilidades de resistir al ejército insurgente eran cada vez menores, se decidió enviar una junta de notables a parlamentar con el cura Hidalgo. El canónigo Betancourt, Don Isidro Huarte y el capitán José María Arancibia se encontraron con el Sr. Cura Hidalgo en el pueblo de Indaparapeo, manifestándole el propósito de su viaje. Por fin, el día 17 de octubre hizo su entrada el ejército insurgente a la ciudad, con el cura Hidalgo, Allende, Aldama y Abasolo al frente del contingente, seguidos de una chusma que conformaba la tropa. El pueblo, que simpatizaba con el cura Hidalgo debido sobre todo a los 27 años de servicio que había dado en el Colegio de San Nicolás Obispo, dando clases y a partir de 1790-1791 como rector, le dio un recibimiento de héroe. La ciudad de Valladolid era vital para el movimiento de independencia, debido a sus estratégicas instituciones (el Colegio de San Nicolás y el Seminario Tridentino, principalmente), el virrey Venegas afirmó en 1811: “la ciudad de Valladolid había sido el origen de la revolución y el constante foco de ella”; agregaba después: “El clero secular y regular de aquella ciudad, empezando por la mayor parte de los Prebendados de su catedral, han apoyado las ideas revoltosas y disparatadas del cura Hidalgo, a quien tienen por un oráculo.” A su vez, el intendente Riaño mencionó lo siguiente cuando se enteró del alzamiento: “¡Malo! Si Hidalgo está en esto, Nueva España es independiente…” En su corta estancia en Valladolid, el ejército insurgente dio muestras de lo que vendría después en la larga gesta por la independencia: una muchedumbre comenzó a saquear las casas de los españoles que habían huido, creciendo de tal manera el gentío que el mismo Allende se vio en la necesidad de disparar un cañón en contra de los amotinados, posteriormente tuvo que hacer gala de valor al tomar delante de todos un vaso de aguardiente para probar que era falso el rumor de que dicha bebida estaba envenenada. Se nombró por órdenes de Hidalgo al caballero Don José María de Anzorena como Asesor Intendente y Comandante Militar, siendo de hecho el primer poder civil emanado en el período de la lucha independentista. De esta forma, Don José María de Anzorena tuvo el 19 de octubre de 1810 que sancionar y hacer cumplir un bando inédito por su temática en toda América: la abolición de la esclavitud, redactada por el cura Hidalgo, misma que ha sido inmortalizada en una placa de bronce en la fachada del actual palacio de gobierno, que reza: DON JOSE MARIA DE ANSORENA CABALLERO, MAESTRANTE DE LA REAL RONDA, ALCALDE ORDINARIO DE PRIMER VOTO DE ESTA CIUDAD Y SU JURISDICCION, INTENDENTE, CORREGIDOR DE ESTA PROVINCIA, BRIGADIER Y COMANDANTE DE LAS ARMAS, ETC... “EN PUNTUAL CUMPLIMIENTO DE LAS SABIAS Y PIADOSAS DISPOSICIONES DEL EXCMO. SR. CAPITAN GENERAL DE LA NACION AMERICANA, DR. DON MIGUEL HIDALGO Y COSTILLA, DE QUE DEBE ESTA RENDIRLE LAS MAS EXPRESIVAS GRACIAS POR TAN SINGULARES BENEFICIOS, PREVENGO A TODOS LOS DUEÑOS DE ESCLAVOS Y ESCLAVAS, QUE LUEGO INMEDIATAMENTE QUE LLEGUE A SU NOTICIA ESTA PAUSIBLE ORDEN SUPERIOR, LOS PONGAN EN LIBERTAD, OTORGANDOLES LAS NECESARIAS ESCRITURAS DE ATALO HORRIA CON LAS INSERCIONES ACOSTUMBRADAS PARA QUE PUEDAN TRATAR Y CONTRATAR, COMPARECER EN JUICIO, OTORGAR TESTAMENTOS, CODICILOS Y EJECUTAR LAS DEMÁS COSAS QUE EJECUTAN Y HACEN LAS PERSONAS LIBRES; Y NO LO HACIENDO ASI LOS CITADOS DUEÑOS DE ESCLAVOS Y ESCLAVAS, SUFRIRAN IRREMISIBLEMENTE LA PENA CAPITAL Y CONSFISCACION DE TODOS SUS BIENES. BAJO LA MISMA QUE IGUALMENTE SE IMPONE NO COMPRARAN EN LO SUCESIVO NI VENDERAN ESCLAVO ALGUNO, NI LOS ESCRIBANOS, YA SEAN DE NUMERO O REALES, EXTENDERAN ESCRITURAS CORRIENTES A ESTE GENERO DE CONTRATOS, PENA DE SUSPENSION DE OFICIO Y CONFISCACION DE BIENES POR NO EXIGIRLO LA HUMANIDAD, NI DICTARLO LA MISERICORDIA...” “Y PARA QUE LLEGUE A NOTICIA DE TODOS, Y NINGUNO ALEGUE IGNORANCIA, MANDO SE PUBLIQUE POR BANDO QUE ES FECHO EN VALLADOLID A DIEZ Y NUEVE DE OCTUBRE DE MIL OCHOCIENTOS DIEZ; JOSE MARIA DE ANSORENA.- POR MANDATO DE SU EXA. JOSE GMO. MAROCHO.” ES COPIA FIEL DEL BANDO ORIGINAL, QUE SE MANDARA FIJAR EN MEMORIA DE ESTE PRIMER DECRETO QUE ABOLIO LA ESCLAVITUD EN AMERICA. Y COMO TESTIMONIO DEL ESPIRITU LIBERTARIO QUE SIEMPRE HA PREVALE CIDO EN ESTA CIUDAD. H. AYUNTAMIENTO DE 1960. En ese mismo decreto se amenazaba “a toda la plebe que si no cesa y se aquietan, serán inmediatamente colgados para lo que están preparadas cuatro horcas en la plaza mayor”. Hidalgo partió hacia la ciudad de México ese mismo día, y después de la derrota en Aculco el 7 de Noviembre, regresó a la ciudad, derrotado. El 17 de Noviembre se dirigió a Guadalajara, dejando órdenes a su partida de que los españoles que estaban presos en el excolegio de San Francisco Xavier (hoy palacio Clavijero), fueran sacados de la ciudad en grupos, con el engaño de que iban a ser conducidos a Guanajuato; la realidad es que fueron sacrificados (degollados la mayoría) en el cerro o barranca de la Batea, esto el 13 de Octubre. Al día siguiente, un segundo grupo fue llevado al cerro del Molcajete y tratado de la misma manera. Al enterarse de esto el señor Anzorena, ordenó que a los presos restantes fueran enviados a los conventos para proteger sus vidas. El 28 de Noviembre, estando caldeados los ánimos, y con los rumores de la cercanía del ejército realista, una turba iracunda pretendió hacer justicia por su propia mano en contra de los españoles recluidos en el colegio de San Francisco Xavier, siendo dirigidos por un herrero de nombre Tomás llamado el “Angloamericano”, quien forzó las puertas del colegio para permitir la entrada de los amotinados. Los 170 españoles prisioneros, a su vez, trataron de salir de dicho colegio. Los sacerdotes de Las Rosas que se encontraban presentes, tuvieron la ocurrencia de mostrar las hostias que llevaban entre sus ropas, en ademán de consagrarlas, logrando que la chusma se contuviera, y convirtieron un potencial baño de sangre en una escaramuza que arrojó menos de 5 personas muertas, siendo conocido este episodio en la ciudad como ‘El Motín del Anglo’. El ejército realista retomó la ciudad el 28 de Diciembre, estando a la cabeza el brigadier José de la Cruz. Éste general, estando afuera de la ciudad dio esta orden al enterarse del dicho motín: “si la infame plebe intentase de nuevo quitar la vida a los europeos entren a la ciudad; pasen a cuchillo a todos sus habitantes, exceptuando sólo las mujeres y los niños, y pegándole fuego por todas partes”. El coronel Torcuato Trujillo fue nombrado Comandante General de la provincia, mismo que había sido descrito por Calleja como “un loco con espada”, su conducta le ganó la animadversión de los habitantes de la ciudad. Los jefes insurgentes Navarrete, Muñiz y Villalongín intentaron rescatar la ciudad el 28 de Mayo de 1811, pero no lo lograron. El 19 de Julio habían logrado tomarla pero la falta de organización ocasionó que ese mismo día la abandonaran. En Septiembre de ese año pretendiendo rendir a Manuel Villalongín, Trujillo mandó aprehender a su esposa Doña Josefa Huerta, en la cárcel de mujeres, dicha prisión había sido acondicionada en la pequeña capilla de la cofradía de Ánimas, ubicada en la parte poniente del actual jardín Villalongín. Ésta capilla había sido construida a mediados del siglo XVIII, pero había caído en desuso en los inicios de la guerra insurgente. Indignado, el caudillo insurgente penetró la ciudad con una pequeña fuerza, tomando por sorpresa la garita de la Calzada a México, posteriormente asaltando la cárcel de mujeres, de donde rescató a su esposa. Con su mínima escolta se acercó hasta la plaza mayor, causando tal sorpresa entre los sitiadores, que de hecho podría haber tomado la plaza si se lo hubiese propuesto, ya que el encargado de la defensa de la ciudad, creyó que era un ejército en forma el que le atacaba. Hacia finales del siglo XIX, habiendo desaparecido la capilla de Ánimas se erigió en su lugar un jardín, mismo que se nombró Manuel Villalongín en honor a este hecho. Se hicieron otros intentos por retomar la ciudad en Febrero y Mayo de 1812, siendo estos infructuosos. Es notable que el padre José Guadalupe Salto, vicario de Teremendo, que había participado en varios intentos de recuperar la ciudad para la insurgencia, fue capturado a principios del mes de Mayo cerca del poblado de Teremendo, llegando con heridas muy graves a la ciudad el 8 de ese mes, siendo fusilado el día siguiente al norte de la plaza mayor, aún y cuando él ya había fallecido. Regresaremos un poco en el tiempo, precisamente al 20 de Octubre de 1810, situándonos en un paraje entre los pueblos de Charo e Indaparapeo, lugar y fecha donde se llevó a cabo la entrevista entre el cura Hidalgo y el Sr. cura José Ma. Morelos y Pavón, donde éste último solicitó ser admitido en el ejército insurgente en calidad de capellán. Morelos había abandonado su curato en Carácuaro en cuanto habían llegado a él noticias de la insurrección. Sin embargo, fue nombrado General Brigadier, con instrucciones de levantar el sur del país en armas. Regresó Morelos a Valladolid y en las oficinas eclesiásticas entregó la siguiente solicitud: “Por comisión del Exmo. Sr. Miguel Hidalgo, hecha ayer tarde en Indaparapeo, me paso con violencia a correr la tierra caliente del Sud, y habiendo estado con el Sr. Conde para que me ponga coadjutor que administre mi curato de Carácuaro, me dijo su señoría lo pidiese a Ud., a quien no hallándolo hasta las 9 de la mañana, y siéndome preciso no perder minuto, lo participo para que a la letra vista se sirva Ud. despachar el que, halle oportuno, advirtiéndole me ha de contribuir con la tercia parte de obvenciones. Dios guarde a Ud., muchos años. Valladolid, Octubre 21 de 1810.” Morelos partió de su amada ciudad ese día, cumpliendo cabalmente con su obligación de crear un ejército en el sur del país. Sin embargo, el 23 de Diciembre de 1813 se presentó en Valladolid con un ejército de casi 20,000 hombres, dispuesto a recuperar la plaza, se enfrentó a los regimientos de Domingo Landázuri, Llano e Iturbide, mismos que derrotaron a los insurgentes. En la tarde del día 24, habiéndose replegado las fuerzas de Morelos hacia la loma de Santa María, una pequeña fuerza al mando de Iturbide, disfrazados como espías insurgentes, sembraron el pánico al realizar disparos que ocasionaron muchas bajas en las filas rebeldes que se mataron entre sí, acción en la que por poco Iturbide captura a Morelos. Huyó el ejército de Morelos, después de tan amarga derrota, hacia Puruarán, donde fueron derrotados de nueva cuenta por los realistas, cayendo prisionero don Mariano Matamoros. Éste cura fue traído prisionero a Valladolid, siendo fusilado el 3 de Febrero de 1814 en el portal de Santo Ecce Homo, hoy portal Matamoros. El más grande hombre que ha dado Valladolid, José María Morelos y Pavón, fue hecho prisionero el 8 de Noviembre de 1815 y fusilado el 22 de Diciembre en San Cristóbal Ecatepec. El no vivió para ver consumado el movimiento de independencia, mismo que llevaría a buen término otro vallisoletano, Don Agustín de Iturbide. Después de estas batallas, la ciudad simple y sencillamente retrocedió en todos los aspectos: varios pueblos que la rodeaban desaparecieron, se interrumpieron muchas de las actividades cotidianas más por falta de concurrencia que por otra causa, ya que la población se vio disminuida de cerca de 18,000 habitantes a finales del siglo XVIII a menos de 4,000 para el año de 1820, aún considerando la guarnición militar. Varios templos desaparecieron sin dejar rastro (el Huerto de Getzemaní, por ejemplo), otros más quedaron abandonados y en el transcurso del siglo XIX cesarían de existir, por carecer de feligresía que les diera mantenimiento, o por las leyes de reforma que entrarían en vigor al mediar el dicho siglo. Apenas comenzaba el sistemático saqueo de que serían objeto las diversas instituciones religiosas en todo el país siendo casi siempre en Valladolid su fastuosa catedral el primer objetivo. La ciudad no permanecía aislada del caos que renació cuando Agustín de Iturbide parlamentó con Vicente Guerrero a inicios de 1821, uniendo el ejército rebelde del sur con el ejército realista del sur. El Plan de Iguala fue secundado por la mayoría de los habitantes de la Nueva España, exceptuando la ciudad de Valladolid en la provincia de Michoacán, entrando Iturbide en ella el 22 de Mayo, después de 10 días de sitio y sin haber derramado una gota de sangre. Fue recibido, igual que el cura Hidalgo hacía casi 10 años antes, como héroe por todos los habitantes de la ciudad, incluidos los poderes civiles y religiosos. A pesar de las convulsiones que marcaron el país desde la década de los 20s hasta la década de los 80s en el siglo XIX, es en el transcurso de este siglo y comienzos del XX que el centro de Morelia toma su forma actual. La ciudad poco a poco volvía a la normalidad, el Seminario, por ejemplo, reabrió sus puertas el 4 de Noviembre de 1819, ya que había sido clausurado, al igual que el Colegio de San Nicolás, al inicio de la contienda. Cabe destacar que en Junio de 1821 Don Luis Arango, antiguo soldado de Morelos, abrió la primera imprenta de la ciudad, iniciando una valiosa tradición cultural literaria, que a fines del siglo XIX llegaría a su cenit en la obra de un polígrafo de gran valor para la ciudad: el Lic. Mariano de Jesús Torres. La ciudad retornó paulatinamente a la normalidad al consumarse la independencia, y la población comenzó a aumentar sensiblemente, contabilizándose casi 12,000 personas a finales de 1822. El primer congreso electo en el estado, sesionó en el antiguo Colegio de San Francisco Xavier, esto en el año de 1824. El 8 de Abril de 1824 se decretó como gobernador del estado al C. Francisco Manuel Sánchez de Tagle, cargo que el no aceptó. Se decretó entonces el 19 de julio de ese año que don Antonio de Castro fuera gobernador interino, y de hecho el primer gobernador del estado. El lic. Antonio de Castro, fue nombrado gobernador constitucional por decreto número 1 de la primera legislatura del Estado, fechado el 13 de agosto de 1827, tomó posesión de su cargo el 6 de Octubre al iniciarse el período. Don José Salgado, que había sido secretario del Congreso Constituyente, fue electo vicegobernador, y tomo posesión en la misma fecha. El Lic. Antonio de Castro, hijo de distinguida familia hispana, no se resolvió a cumplir el decreto del gobierno federal ni a publicar el de la legislatura local que ordenaron la expulsión de los españoles residentes en el país, y presentó su renuncia, que le fue aceptada el 9 de Noviembre de 1827. El 12 de septiembre de 1828 se decretó lo siguiente: “Desde la celebridad del 16 del corriente, quedará suprimido para siempre el nombre de Valladolid con que se ha conocido esta ciudad, sustituyéndose por el de MORELIA, en honor de su digno hijo, benemérito de la Patria, Ciudadano José María Morelos.” En 180 años de vida independiente, el estado ha tenido 168 gobernadores, de acuerdo a la siguiente relación: Gobernadores Constitucionales 38 Gobernadores preconstitucionales 3 Gobernadores sustitutos 5 Gobernadores interinos 74 Gobernadores provisionales 8 Gobernadores de la república restaurada 12 Gobernadores militares 18 Gobernadores de facto 10 El gobierno del estado despachaba desde la planta alta de la antigua Factoría de Tabacos, mientras que el Ayuntamiento lo hacía desde las antiguas Casas Consistoriales ó Casa de Cabildo, hoy actual palacio de Justicia. Posteriormente, al clausurarse el Seminario Tridentino de San Pedro en 1859, el Ayuntamiento ocupará en su totalidad la Factoría de Tabacos, mientras que el Gobierno del Estado ocuparía íntegro el local del Seminario, ambas instituciones permanecen en dichos edificios. El edifico de las Casas Consistoriales fue dedicado a Colegio de San Rafael, estableciéndose después allí por breve tiempo el Colegio de San Nicolás, desde el 10 de junio de 1867 hasta 1869, en que se mudó al Colegio de la Compañía de Jesús. Permaneció como tentativa la fundación de una escuela de música en dicho edificio hacia el año de 1877, pero el 2 de junio de 1882 se autorizó al gobernador la compra y remodelación de las Casas consistoriales para dedicarlas a Palacio de Justicia, al año siguiente se rediseñó su fachada por parte del Ing. Guillermo Woodon de Sorinne, quien habría de cambiar gran parte del aspecto de Morelia hacia el último cuarto del siglo XIX. En 1830 son fusilados 9 jóvenes que se habían manifestado en contra del gobierno centralista, siendo fusilados al costado poniente de Catedral. En honor a ellos, al cura José Guadalupe Salto y al Cura Mariano Matamoros, la plaza cambia de nombre a Plaza de los Mártires. Hacia el año de 1886 la fuente que había en dicha plaza es llevada a la plazuela de Ánimas, que cambia de nombre a Jardín Villalongín, en honor a éste héroe. A mediados del siglo XX la plaza toma su forma y tamaño definitivo, rodeada de hermosos jardines y bancas de cantera rosa. En su extremo sur-oriente se erigió un monumento al benemérito de las Américas, por lo que se le conoce como Plazuela Juárez. Al costado oriente de la Catedral, cuya reja se colocó en el año de 1854, estaba la plaza de San Juan de Dios, llamada de la Paz hacia finales del siglo XIX y hoy Plaza Melchor Ocampo, como homenaje al ilustre reformador liberal. Su monumento se encuentra al sur de la dicha plaza. Entre los años de 1850 y 1890 se abrieron nuevas vialidades debido al fraccionamiento de las huertas clericales: San Francisco y Santa Catarina fueron los principales, además de que se clausuraron los cementerios de San José, San Francisco, San Agustín y el Carmen, ya que las pestes de cólera que asolaban la ciudad obligaron a su cierre. Posteriormente se cerraría el cementerio de San Juan de los Mexicanos, todos estos cementerios se convirtieron en plazas: La de San Francisco se llama Valladolid, en honor a que allí se fundó la ciudad, en dicha plaza se instaló un mercado a finales del siglo XIX y se retiró a mediados del siglo XX, anteriormente se le llamaba plaza de la Constitución. El cementerio de San José se transformó en la Plazuela Revolución (nombre dado en el siglo XX), el cementerio de San Agustín en la Plaza Ignacio Comonfort y la Plaza del Carmen (hoy República) se adornó con las efigies de dos ilustres liberales, resaltando desde luego la de Don Epitacio Huerta. A finales del Siglo XIX y principios del XX se vivió la ‘Pax Porfiriana’, y como fiel termómetro del país, la ciudad cambió de rostro: el antiguo estilo arquitectónico casi romano se cambió por uno ecléctico afrancesado, siendo las mejores fachadas obra de dos extranjeros: el Ing. Guillermo Wodon de Sorinne y el Arq. Adolfo Tremontels. Guillermo Wodon creó fachadas impresionantes tales como el Colegio de San Nicolás, el exconvento Dieguino de Guadalupe, el Palacio de Justicia, el palacete de Sorinne y el exconvento de San Francisco. El Sr. Tremontels creó sobre todo las dos fachadas más sobresalientes de edificios civiles, aunque en su origen ambos fueron para religiosos: el Palacio Federal (antigua escuela de las madres teresianas) y la Preparatoria No. 2 de la Universidad Michoacana (antes Nuevo Seminario). Dos de los paseos favoritos de los Morelianos se reformaron también en el porfiriato: el antiguo Pueblo de San Pedro se convirtió en el Paseo de San Pedro, hoy Bosque Cuauhtémoc (reformado por Sorinne) y el paseo de Santa María de los Altos se transformó en el Parque Juárez, que en la segunda mitad del siglo XX se transformaría en el Parque Zoológico Benito Juárez. A finales del siglo XIX Morelia ya contaba con alumbrado regular, telefonía, telégrafo y ferrocarril. El siglo XX traería una expansión en Morelia, al dotársele de nuevos servicios, destacándose la clausura del acueducto, que cesó de funcionar en 1910. El 13 de mayo de 1913 se inauguró (con más de dos años de retraso) el nuevo monumento al Generalísimo Morelos, en parte de la antigua alameda, hacia el sur del Santuario de Guadalupe. Obra del caballero Giuseppe Inghillieri, trabajado en las fundiciones Nelli en Roma, y que es uno de los más grandes símbolos de la ciudad. En 1904 se creó la primera de una serie de colonias que vendrían a rodear el centro histórico, como se le comenzó a llamar a la antigua Valladolid. Varios estilos como el art-noveau y el art-deco dejaron huella en la ciudad, que si bien añaden fachadas un tanto disonantes, el hecho de construirse con cantera les unifica, creando una vista maravillosa. En el siglo XX la ciudad sufrió reformas en varias de sus plazas con fuentes, que fueron reacondicionadas ya que habían dejado de fungir como distribuidores de agua y pasaron a ser motivos de ornato. Resaltan por su importancia el rescate de dos exconventos para dedicarlos a nuevas actividades: el conjunto de El Carmen se transformó de central de autobuses suburbanos en Casa de la Cultura Michoacana (1980) y el antiguo Colegio de Las Rosas se transformó en el Conservatorio de Las Rosas, albergando al famoso coro de Los Niños Cantores de Morelia. El antiguo callejón de la bolsa se transformó en un esplendoroso e íntimo rincón, que hermanado con el jardín de Villalongín, el tramo final del acueducto y la fuente de Las Tarascas, forman la ‘Rinconada de Villalongín’. Esta es la puerta de entrada a la Calzada Fray Antonio de San Miguel, que recientemente ha sido objeto de mantenimiento y nos lleva hasta el Santuario de Guadalupe, que se redecoró hacia 1907 con barro policromado dorado, ofreciendo la ornamentación más impresionante en toda Morelia. A un costado de dicho templo se encuentra el Jardín Azteca, que se hermana con el Jardín Morelos, el Acueducto y el Bosque Cuauhtémoc, haciendo de esta zona la más indicada para pasear en Morelia. La ciudad entera se engalanó el 9 de diciembre de 1991, al ser nombrada Patrimonio Cultural de la Humanidad, considerando sus notables monumentos y su original arquitectura.
El XI Censo General de Población y Vivienda registra 428,486 habitantes en la ciudad de Morelia. El 19 de diciembre de 1990 se emite un decreto por el cual se declara zona de monumentos históricos al centro de la ciudad, que abarca 219 manzanas, donde se ubica un total de 107 obras civiles, cuya conservación integral es de interés nacional. El área urbana de Morelia tenía 4,544 hectáreas en 1987 y 5,427 en 1991. El 9 de diciembre de 1991, la ciudad es declarada formalmente Patrimonio Histórico de la Humanidad. El 5 de julio de 2001 son retirados los ambulantes que por un lapso de casi 20 años habían invadido el centro histórico, mismo que comienza a ser restaurado, motivo de celebración para todos los morelianos. Los comerciantes ambulantes son reubicados en nuevas plazas comerciales, acondicionadas para dicho propósito. En agosto de 2002 un vehículo dañó de manera importante el acueducto de la ciudad, cerca del monumento a sus creadores, estropicio que ya fue reparado. También en dicho año se continuó con la tala de algunos de los eucaliptos centenarios de la ciudad, debido a que presentan una enfermedad que los debilita y ocasiona que se desgajen. La mayoría de estos eucaliptos sumaban más de 100 años de edad. En marzo/abril de 2003 se comenzó a darle mantenimiento a la Calzada Fray Antonio de San Miguel, que mostraba varias sinuosidades a causa los hundimientos provocados por las actividades de la hormiga chancharra.
FUENTES BIBLIOGRAFICAS
Morelia, Mich. INSTITUTO NACIONAL DE ESTADISTICA, GEOGRAFIA E INFORMATICA (México). Ciudad Morelia, México: Guía Turística Urbana. Aguascalientes, Ags. 1996. Enciclopedia de México. 3a. ed. revisada. Distrito Federal (México). 1996. vol X. INSTITUTO NACIONAL DE ESTADISTICA, GEOGRAFIA E INFORMATICA (México). Agenda estadística, Estados Unidos Mexicanos. Aguascalientes, Ags. (México). 1997. 153 p. Torre, Juan de la Bosquejo Histórico de la Ciudad de Morelia, 1883. Además de contar con la investigación del área de Investigación Histórica de Cartografía Censal del INEGI, hasta 1998.
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